Tierra Santa: peregrinar tras los pasos de Jesús
Peregrinación a Tierra Santa

Tierra Santa: peregrinar tras los pasos de Jesús

Hay un viaje que no se parece a ningún otro, porque no lleva a un país, sino a un Rostro. Ir a Tierra Santa es caminar por las mismas sendas donde Dios quiso hacerse hombre, nacer, crecer, predicar, morir y resucitar por nosotros.

La peregrinación de las peregrinaciones

La llaman, con razón, la «peregrinación de las peregrinaciones», y quien la ha vivido comprende por qué. En otros santuarios veneramos la memoria de un misterio; aquí pisamos el suelo mismo del misterio. Estas piedras vieron pasar al Señor, este cielo lo cobijó, estas aguas reflejaron su rostro. La Escritura, que tantas veces has leído, deja de ser un relato distante para convertirse en un lugar que puedes tocar, un camino que puedes recorrer con tus propios pies.

Peregrinar a Tierra Santa es, ante todo, dejarse conducir. Por eso te acompaña siempre un sacerdote-guía, que da a cada lugar su hondura orante y celebra la Eucaristía diaria en los mismos escenarios del Evangelio. Comulgar el Cuerpo de Cristo en la tierra donde ese Cuerpo fue concebido, entregado y glorificado es una gracia que marca para siempre.

Belén y Nazaret: el silencio de la Encarnación

Todo comienza en un pueblo pequeño. En Belén, bajo la Basílica de la Natividad, una estrella de plata señala el lugar donde, según la tradición más antigua, el Verbo se hizo carne. Al inclinarte comprendes de golpe la ternura de nuestra fe: el Dios inmenso quiso caber en un pesebre, hacerse niño, necesitar unos brazos.

En Nazaret, la Basílica de la Anunciación guarda la gruta donde María pronunció su «sí». Fue aquí donde una joven cambió la historia del mundo con una respuesta humilde y libre, y donde Jesús vivió su larga vida oculta, creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia. Nazaret nos enseña que también los años callados y la fidelidad de cada día son terreno santo.

Galilea: junto al lago donde llamó a los suyos

El Mar de Galilea sigue siendo hoy un espejo sereno de colinas doradas, y basta contemplarlo para sentirse en el corazón del Evangelio. Por estas orillas pasó Jesús llamando a los primeros discípulos. En Cafarnaúm, su ciudad, se conservan los restos de la sinagoga y de la casa de Pedro, testigos de tantas curaciones y enseñanzas.

Subiendo al Monte de las Bienaventuranzas resuena el sermón que dio la vuelta al mundo, ese mapa de la felicidad verdadera que sigue interpelando tu vida. Y a la orilla, en Tabgha, se veneran los lugares de la multiplicación de los panes y del primado de Pedro, donde el Resucitado confió a Pedro su rebaño. Galilea es la tierra de la esperanza y del seguimiento.

El Jordán: volver a las aguas del Bautismo

Descender hasta el río Jordán tiene algo de regreso a los orígenes. En estas aguas se bautizó Jesús, y sobre él se abrieron los cielos y se oyó la voz del Padre. Por eso ningún peregrino llega a sus riberas como un simple visitante: cada uno lleva consigo su propio Bautismo, el día en que fue injertado en Cristo y hecho hijo de Dios.

Renovar aquí las promesas bautismales es uno de los momentos más conmovedores del camino. Al sentir el agua, renuncias de nuevo al pecado y confiesas de nuevo tu fe, y comprendes que toda tu vida cristiana brota de aquella fuente. El Jordán nos recuerda que peregrinar es, en el fondo, volver a empezar.

Jerusalén: del Cenáculo al Calvario

Y llega Jerusalén, la ciudad amada y llorada por el Señor. En el Cenáculo, donde instituyó la Eucaristía y lavó los pies a los suyos, se abraza el mandamiento nuevo del amor. Muy cerca, en Getsemaní, los olivos milenarios del Huerto parecen seguir velando aquella noche de agonía; allí, arrodillado, unes tu propia lucha al «hágase tu voluntad» de Cristo.

Después, la Vía Dolorosa se recorre despacio, estación tras estación, cargando en el corazón la propia cruz. El camino termina donde todo pareció terminar: el Calvario y el Santo Sepulcro, bajo un mismo templo. Besar la roca de la crucifixión y postrarse ante la tumba vacía, con la Eucaristía celebrada en ese mismo recinto, es tocar a la vez el amor más grande y el abismo de nuestra salvación.

El Sepulcro vacío: la Resurrección que lo cambia todo

Pero la última palabra de Tierra Santa no es la muerte, sino la vida. En el corazón de la Basílica del Santo Sepulcro, el Edículo custodia el lugar donde Cristo fue sepultado y de donde salió vencedor. La tumba está vacía, y esa oquedad luminosa es el fundamento de toda nuestra esperanza: si Él ha resucitado, también nosotros resucitaremos.

Regresar de esta peregrinación no es volver igual. Se vuelve con el Evangelio grabado en los sentidos, con la fe hecha memoria viva y con el deseo renovado de caminar cada día tras los pasos del Señor. Quien ha rezado en Belén, en Nazaret, junto al lago y ante el Sepulcro vacío, ya nunca lee la Escritura del mismo modo: la lleva escrita también en el alma.

Detente. Respira. Reza.
Palabra de Dios

«Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria.»

Juan 1, 14

Estamos a tu lado

¿Damos el primer paso juntos?

Deja que el Evangelio se convierta en camino: peregrina a Tierra Santa con Presstour, con sacerdote-guía y Eucaristía diaria en los Santos Lugares.

Solicita información +34 91 108 89 10