Roma no se visita: se peregrina. Durante cuatro días recorrerás con calma la ciudad de los Apóstoles, donde cada piedra guarda memoria de fe y donde el alma encuentra silencio, Eucaristía y descanso.
Una peregrinación, no un viaje
No acudimos a Roma como quien tacha monumentos de una lista, sino como el peregrino que camina hacia la casa de Pedro para confesar allí, junto a su tumba, la misma fe del Apóstol. Roma es destino perenne: no depende de un año santo ni de una Puerta Santa abierta, porque aquí descansan los cuerpos de Pedro y Pablo y late el corazón de la Iglesia. Por eso te proponemos un ritmo pausado, con Eucaristía diaria, momentos de oración personal y espacios de silencio ante los sepulcros de los mártires. Un sacerdote os acompaña en todo el itinerario, guiando la mirada y, sobre todo, la oración.
Primer día: San Pedro y la tumba del Apóstol
Comenzamos donde comienza todo, en la Basílica de San Pedro. Al cruzar el umbral impresiona la grandeza del templo, pero el corazón de la peregrinación está bajo el altar de la Confesión: allí, en la necrópolis vaticana, se venera la tumba del pescador de Galilea a quien el Señor confió las llaves. Celebramos la Santa Misa en una de las capillas de la basílica, entregando en la Eucaristía las intenciones que traemos de casa. Dedicamos después un tiempo de silencio ante la Piedad de Miguel Ángel y rezamos por el Papa León XIV y por toda la Iglesia.
Segundo día: las cuatro basílicas mayores
Este día lo dedicamos a las cuatro basílicas mayores, cada una un tesoro de la fe. En San Juan de Letrán, catedral del Papa y «madre y cabeza de todas las iglesias», comprendemos que la sede romana es ante todo una sede episcopal al servicio de la comunión. Muy cerca subimos, si lo deseas, la Scala Santa, la escalera que la tradición venera como aquella que Cristo recorrió ante Pilato. Visitamos Santa María la Mayor, donde oramos ante la Salus Populi Romani, y concluimos en San Pablo Extramuros, sobre la tumba del Apóstol de los gentiles, celebrando la Eucaristía y agradeciendo el don de la fe.
Tercer día: los Museos Vaticanos y las catacumbas
La mañana nos lleva a los Museos Vaticanos, no como galería de arte solamente, sino como catequesis en imágenes. Recorremos sus salas hasta llegar a la Capilla Sixtina, donde el Juicio Final y la bóveda de la Creación nos hablan del origen y del destino del hombre. Por la tarde bajamos a las catacumbas de la Vía Apia, donde los primeros cristianos enterraban a sus muertos en la esperanza de la resurrección. Entre aquellas galerías recordamos que también nosotros caminamos, como los mártires, hacia la vida eterna. Es uno de los momentos más hondos de la peregrinación.
Cuarto día: con el Papa, Ángelus y despedida
El último día lo vivimos junto al Sucesor de Pedro. Cuando el calendario lo permite, participamos en la Audiencia General de los miércoles en la plaza de San Pedro, escuchando la catequesis del Papa León XIV y recibiendo su bendición. Si nuestra estancia abarca un domingo, nos unimos al Ángelus que el Santo Padre reza al mediodía. Celebramos la Misa de acción de gracias, poniendo en el altar cuanto hemos vivido, y dedicamos las últimas horas a una oración serena de despedida. Volveremos a casa distintos, con la fe robustecida y con Roma para siempre en el corazón.
