Qué es una indulgencia y cómo se gana en una peregrinación
Catequesis del peregrino

Qué es una indulgencia y cómo se gana en una peregrinación

Muchos peregrinos han oído hablar de las indulgencias sin acabar de comprenderlas. Te lo explicamos con calma y con la alegría de un tesoro que la Iglesia nos ofrece.

Una palabra que suena antigua y es pura esperanza

La palabra «indulgencia» nos llega envuelta en siglos de historia, y a veces la miramos con recelo o con desconcierto. Sin embargo, cuando se comprende bien, se descubre en ella uno de los gestos más maternales de la Iglesia: acercarnos la misericordia de Dios de un modo concreto, capaz de tocar las heridas que el pecado deja en el alma incluso después de ser perdonado.

Conviene, pues, dejar a un lado los malentendidos y acoger la enseñanza tal como la Iglesia la propone. No se trata de una fórmula mágica ni de un privilegio para unos pocos, sino de un don ofrecido a todo corazón que se convierte y busca de veras al Señor.

No perdona el pecado: sana lo que el pecado deja

Aquí está la distinción más importante, y la que más se malinterpreta. La indulgencia no perdona el pecado. El perdón de la culpa se recibe en el sacramento de la Reconciliación, cuando nos confesamos arrepentidos y el sacerdote nos absuelve en nombre de Cristo. Eso es otra cosa, y es previo.

La indulgencia actúa sobre lo que queda después. Porque el pecado, aun perdonado en su culpa, deja una huella, un desorden, un apego que necesita ser purificado: es lo que la Iglesia llama la «pena temporal». La indulgencia es precisamente la remisión ante Dios de esa pena temporal por los pecados ya perdonados. Sana la cicatriz cuando la herida ya ha sido cerrada por la misericordia.

El tesoro de la Iglesia

¿De dónde saca la Iglesia este poder de remitir la pena? No de sí misma, sino de un tesoro que no es suyo por mérito propio: el tesoro infinito de la Redención de Cristo, al que se unen las oraciones y las buenas obras de la Santísima Virgen y de todos los santos.

En la comunión de los santos ninguno se salva a solas. Los méritos de unos se derraman sobre otros, y la Iglesia, como madre y administradora de esa riqueza, la dispensa a sus hijos. Por eso la indulgencia jamás es una compra ni un pago: nada de lo que Dios da se vende. Es un regalo que brota de la caridad de Cristo, ofrecido con humildad a quien se dispone a recibirlo.

Plenaria o parcial, y las condiciones para recibirla

La indulgencia puede ser parcial, si remite una parte de la pena temporal, o plenaria, si la remite toda entera. La plenaria es un don grandísimo, y por eso pide del alma una disposición profunda.

Para ganar la indulgencia plenaria se requiere, en primer lugar, realizar la obra a la que va unida. Después, cumplir las tres condiciones habituales: la confesión sacramental, la comunión eucarística y la oración por las intenciones del Santo Padre (basta un Padrenuestro y un Avemaría). Y, sobre todo, se pide algo más íntimo y exigente: la exclusión de todo apego al pecado, incluso al venial. Si falta ese desapego pleno del corazón, o si no se cumple alguna de las condiciones, la indulgencia obtenida será solo parcial. No es un fracaso: es una invitación a seguir purificando el amor.

Un don que se puede ofrecer por los difuntos

Hay en las indulgencias una nota de ternura que conmueve. Podemos ganarlas para nosotros mismos, pero también podemos ofrecerlas por los fieles difuntos, por aquellos que ya partieron y aún se purifican antes de contemplar el rostro de Dios.

No podemos aplicarlas a otros vivos, pero sí a quienes amamos y ya no están a nuestro lado. Rezar por un padre, una esposa, un amigo que se fue, y ofrecer por él el fruto de una indulgencia, es uno de los actos más hermosos de la caridad cristiana: el amor que no se detiene ni siquiera ante la muerte, sostenido por la esperanza de la vida eterna.

Cómo florece esto en una peregrinación

La peregrinación es, por su misma naturaleza, terreno fértil para este don. El peregrino deja atrás lo cotidiano, camina, reza y busca a Dios con todo su ser: es ya un ejercicio de conversión. Y muchas de las obras a las que la Iglesia une indulgencias son, precisamente, las que el peregrino vive con naturalidad.

Visitar con devoción una basílica o un santuario, participar en la adoración eucarística, rezar el Rosario en la iglesia o en familia, recorrer el Vía Crucis meditando la Pasión del Señor: todo esto forma parte del corazón de una peregrinación. Si a ello unes la confesión, la comunión y la oración por el Papa, y sobre todo un corazón desprendido del pecado, la Iglesia pone en tus manos el don de la indulgencia. No como premio a tu esfuerzo, sino como abrazo del Padre al hijo que ha vuelto a casa.

Detente. Respira. Reza.
Palabra de Dios

«Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios: él perdona todas tus culpas.»

Salmo 103, 2-3

Estamos a tu lado

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