El Camino no comienza el día que echas a andar, sino mucho antes, cuando el corazón se dispone a peregrinar. Prepararlo bien es cuidar a la vez el cuerpo que caminará y el alma que busca al Apóstol.
No es senderismo, es peregrinación
Conviene decirlo desde el principio, con serenidad y sin rodeos: para nosotros el Camino de Santiago no es una ruta de senderismo ni un reto deportivo, aunque comparta con ellos las botas y los kilómetros. Es una peregrinación, es decir, un acto de fe con el cuerpo entero. Cada paso es oración, cada cuesta es ofrenda, cada amanecer es acción de gracias. Lo que aquí te proponemos no es solo llegar a Santiago, sino llegar convertido, un poco más cerca de Cristo de lo que partiste.
Elegir la ruta y desde dónde partir
El Camino tiene muchas puertas, y todas conducen al mismo abrazo del Apóstol. El Camino Francés, el más histórico y transitado, atraviesa Castilla y León hasta Galicia. El Camino Portugués, más suave y luminoso, sube desde Portugal con dulzura mariana. El del Norte bordea el Cantábrico, hermoso y algo más exigente, y el Primitivo, el más antiguo, ofrece soledad y hondura contemplativa. No hay una ruta mejor que otra: hay la que Dios pone en tu camino según tu tiempo, tus fuerzas y tu deseo. En Presstour te ayudamos a discernirla y a decidir desde dónde partir, algo especialmente importante cuando se peregrina en grupo parroquial o con personas mayores.
Los 100 kilómetros y la credencial del peregrino
Para recibir la Compostela, el documento que acredita la peregrinación, la Iglesia pide recorrer al menos los últimos cien kilómetros a pie o doscientos en bicicleta, hechos con espíritu de fe. Por eso tantos peregrinos parten de Sarria, en el Camino Francés, o de Tui, en el Portugués: distancias asequibles que caben en una semana. El testigo de todo ello es la credencial del peregrino, esa pequeña cartilla que se sella en iglesias, albergues y parroquias a lo largo del recorrido. Cada sello es memoria y es gracia; nosotros te la facilitamos y te orientamos para que cada etapa quede bien acreditada.
Preparar el cuerpo con sensatez
El cuerpo también reza, y conviene tratarlo con prudencia para que no estorbe al alma. Lo primero es el calzado: unas botas o zapatillas ya usadas, probadas en paseos previos, jamás estrenadas el primer día, pues las ampollas nacen casi siempre de la prisa. En los meses anteriores basta con caminar de forma regular, alargando poco a poco las distancias. La mochila debe ir ligera, con lo esencial y no un gramo más, porque en el Camino se aprende pronto que cargamos demasiadas cosas que no necesitamos, también por dentro. Y si caminas con años a la espalda o con un grupo diverso, no te inquietes: adaptamos las etapas, aligeramos las distancias y disponemos apoyo logístico y traslado de equipaje para que nadie se quede atrás.
Preparar el alma: intención, confesión y Eucaristía
Aquí está el corazón de todo. Antes de partir, pon nombre a tu peregrinación: una intención, una gracia que pedir, una persona por la que ofrecer los pasos. Acércate al sacramento de la Reconciliación para caminar con el alma limpia y ligera, tan aligerada como la mochila. Y durante el Camino, vive de la Eucaristía: en nuestras peregrinaciones un sacerdote acompaña al grupo y celebra la Santa Misa cada día, de modo que Cristo camina realmente contigo. Reza mientras andas, con el Rosario entre los dedos o en el simple silencio de los campos; descubrirás que el verdadero peso que se aligera en el Camino no es el de la espalda, sino el del corazón.
La Compostela, la Misa del Peregrino y el sepulcro del Apóstol
La meta tiene rostro y tiene nombre. Al llegar a Santiago, en la Oficina del Peregrino se entrega la Compostela, que certifica la peregrinación hecha por motivos de fe. Pero el verdadero destino no es un papel, sino un encuentro. En la Catedral se celebra la Misa del Peregrino, cumbre y sentido de todo el Camino, donde a veces se mece el gran botafumeiro entre nubes de incienso. Y bajo el altar mayor aguarda lo esencial: el sepulcro del Apóstol Santiago. Ante sus restos, tras días de polvo y oración, el peregrino se arrodilla, da gracias y comprende que ha caminado no hacia un lugar, sino hacia una presencia.
